24.12.11

Incoherencias y otros demonios

Manuel y Ángel.

Jamás podrías olvidar esos nombres
.
Ángel tenía todo lo que a Manuel le sobraba. Ángel me cuidaba, me quería. Soportaba mis locuras y mis momentos de desenfreno. Se interesaba por mis estudios, por saber más allá de mi vida y más allá del límite de mi cama. Ángel se había fijado precisamente en mí desde el primer momento y no iba a ser yo quién impidiera el juego. Además era mono, y caballeroso... Sin contradicciones, sin discusiones, y con total neutralidad. Era el yerno perfecto al que presentarle a mi querido padre, pero quizás no el amante ideal... pero... Qué más podía querer yo en aquél momento? Toda una joya de la cual no me convenía deshacerme.

Hubo días que pensé que era problema mío. El contrario es era Manuel. Mi particular tara, mi defecto de fábrica. Esa mancha que intentaba maquillar cada mañana al despertar pero que se resistía a irse. Egoísta y consentido -sobre todo por mi-. Sabía que me tenía debajo, tanto en sus pies, como en la cama. Era todos mis vicios y mis deseos concentrados en un cuerpo. Me atrapaba tenerlo. Sentir que era para mí, en exclusiva. Las llamadas de buenos días y los te "echo de menos". Pero, nunca lo había hecho, y no lo iba a hacer. Sólo volvía en sus particulares "mañanas". Sus guerras convertían en penumbra mis paces. Quería pasárselo genial y yo estaba hecha a su medida, su mejor pasatiempo.


Y entendí que tanto de
bien me hacía Ángel como de mal Manuel.
Pero los necesitaba por igual, las dosis de infierno y de cielo.

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