Llovía, más que nunca. No querías llevar paraguas, y yo
llevaba una sombrilla de sol. Dijiste q ya era tarde para ir a ese concierto.
Te dejaste convencer. Botas puestas y caminando sobre el puente de Manhattan.
Nunca di tantos pasos tambaleándome. Tenía miedo, de ti, de mis ganas y de no
volverte a ver. Pero eran monstruos insignificantes, y tú tenías tus armas.
Llegue a la esquina, cruce el paso de cebra y volví al punto donde habíamos
quedado. Sentía que iba a estallar y que la ciudad no iba a ser lo suficiente
grande como para recogerme. Era la 1. Habíamos quedado a esa hora. Tenía los
ojos llenos de lágrimas, pero me puse una canción para evadirme. Tardabas, o no
ibas a llegar. Todo aquello me pareció ridículo y eche a andar. Pero mire
atrás, y llegaste. Tarde pero llegaste.
El restos son nervios, miradas de reojo y suspiros. Muchos
suspiros.
Y hoy te digo, que no es tarde para hacer las cosas bien.
Aún estamos a tiempo. Por eso, llámame, o mejor, mírame. Entiende que detrás de
cada grito, hay necesidad de un abrazo. Puede haber heridas, pero no me
olvidaré de comprar tiritas. Y si no, comencemos de nuevo. Podemos utilizar
otro año para querernos. Volveremos a algún balcón, esta vez con vistas a la
montaña. Me enamoraré de ti en otra canción y tú me reprocharás cualquier tontería
Pero pese al tiempo, la lluvia y las heridas, Vuelve. Porque
aún hay motivos. Siempre los hubo.




